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El erotismo en los viejos cines tuxtlecos



Por Gustavo Trujillo

Si un dedo acariciaba una pierna, un cuello, un sujetador Bramaba la temible linterna del acomodador… 
Una de Romanos, Joaquín Sabina Para estudiar al cine, es preciso entenderlo como un sistema de organización cultural que dispone de miradas rituales, de palabras y escrituras. Los cinefilos formamos parte de una red marcadamente laica, pero la cinefília despliega un ceremonial casi religioso, un prisma cultural muy estrecho, un reducto solo apto para adictos. 

Nuestra militancia es además proselitista, pues intenta transferir y expandir el amor enfermizo hacia el cine. Todo cinéfilo es autodidacta, nuestra aula es exclusivamente la sala de cine. Por eso, este texto pretende ser un canto de amor hacia la sala de cine como espacio de atracción y experiencia. 

En el mundo del cine, específicamente en las décadas de los sesenta y los setenta, y hasta el principio de su decadencia con la llegada del nuevo milenio, las salas de cine fueron el reducto privilegiado del amor. El necesario anonimato del espectador propiciado por el indispensable contraste de luz para hacer brillar las imágenes en el lienzo, hacia a las salas de cine adecuadas para los amores prohibidos, especialmente los amores adolescentes, donde la sensualidad de las imágenes a media luz y la invitación al goce propiciado por la obscuridad, creaban el despertar erótico del espectador; eran los primeros brotes clandestinos de una sexualidad reprimida por una sociedad conservadora. 

Las butacas de los cines Alameda, Rex, Chiapas y Vistarama entre otros, se convirtieron en el espacio de iniciación sexual y también en una eucaristía en la que el alma del espectador se fundía con las de las actrices en cuestión, esto provocaba roces con el cuerpo de la mujer de al lado, sin contar con su anuencia previa, la obsesión por el cine y la necesidad de la otra se hacen una misma cosa, de manera que la sala de cine es un escenario para el encuentro social y sentimental.

De los viejos cines vistos como un templo, ya solo quedan las ruinas y alguna pieza museística, los jóvenes dejaron de masturbarse en las últimas filas de la sala de cine ante la imagen de su actriz preferida en una especie de didáctica amorosa, convirtiendo al cine en un ritual religioso y en una escuela de vida, una ritualidad huérfana, una carnalidad que aspira a una educación sentimental y al éxtasis como preludio del orgasmo. 

Los jóvenes acudían al cine a ver qué ligaban, a lo mejor un beso robado, la caricia de una mano sudada o la de una pierna temblorosa. De alguna forma, la decepción y el fracaso en materia amorosa se instalaba en el cine al mismo tiempo que un cierto presentimiento acerca de su inevitable decadencia. 

Las imágenes fílmicas actúan de espejo e inspiración, a veces trasladándolo a los asientos y transformándolo en brutal exaltación erótica. El modelo de un amor furtivo que la cultura fílmica propició ha llegado a su fin. En esta época de pandemia y confinamientos sociales la mística amorosa, no se sabe muy bien dónde quedó, para explorar los delirios de Eros habrá que abandonar la sala de cine para volver a vivir. 

La nueva cinefilia se queda en casa, viendo cine online, la bulimia y la anorexia frente a las imágenes se ha instalado, porque los espacios y las formas han cambiado. El cine nos enseña a descubrir la poliédrica riqueza de la vida y la realidad, de los sueños y las fantasías.

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